
Las incongruencias en la crianza y la educación
4 Octubre 2021
Padres al día
Por “congruencia”, entendemos que aquello que uno siente, piensa y hace, están alineados. La conciencia va de la mano con la congruencia.
Nacemos 100% conectados. Cuando llegamos al mundo estamos conectados a nuestra intuición, a nuestras necesidades, a nuestra sabiduría interna. Nacemos con tanque lleno de conexión, amor, alegría, confianza, seguridad, y también conectados 100% a la madre, pero algo pasa en el camino, ya que el tanque se va vaciando y nos vamos desconectando de nosotros mismos.
El bebé mama lo que necesita hasta sentirse satisfecho, no está esperando que alguien de afuera le diga cuánto mamar y cada cuánto hacerlo; es más, desde ese momento los adultos pretendemos meter la cuchara y darle de mamar “cada tanto tiempo”, y “tanto tiempo de cada lado”. Esos son los momentos en los que nos desconectamos.
Nos desconectamos como madres de la sabiduría de nuestro cuerpo, y desconcertamos a nuestro bebé de su propia sabiduría. Y más adelante, cuando ese bebé empieza a gatear y caminar, cree en él mismo, confía en su potencial, sabe en su interior que por más de que se caiga, se puede levantar y seguir intentando hasta conseguirlo. No se está comparando ni juzgando.
¿En qué momento perdemos esa conexión?
Si la sociedad pretende que quien eduque, se encargue de la alimentación y de la seguridad del niño sea alguien diferente a la madre, ahí surge la desconexión. La clave siempre está en la naturaleza. El tiempo que el niño necesita estar con su madre, es el tiempo necesario para que la ella proteja el espacio seguro en el que pueda desarrollar las habilidades y los recursos que él necesita para poder ser un ser interdependiente.
Pero cuando ese periodo de tiempo no se respeta, y se meten ideas de cómo se han de hacer las cosas, las madres acaban haciendo lo que no sienten, sino lo que les dicen que tienen que hacer, y ahí la relación de madre-bebé se ve interferido por dogmas que hacen que los valores fundamentales, como la protección y el respeto, desaparezcan. Eso se ve desde el minuto cero, hay una influencia donde la confianza de la madre pasa a estar en manos de otros, y como el bebé está conectado con la madre, siente esa desconfianza y se desconecta.
Nos programaron para que desde afuera nos digan qué es lo que necesitamos. Existe también una desconexión de nuestras emociones desagradables o incómodas. No nos permitieron expresar la tristeza, el enojo, la rabia. Cuando un niño llora, le queremos distraer de esa emoción, mostrándole otra cosas; y cuando un niño se cae y se lastima, le decimos frases como: “no pasa nada”, "sos un campeón”; en ese momento, el niño se desconecta automáticamente de su percepción, porque por un lado percibe y siente dolor, y siente ganas genuinas de llorar; pero por el otro lado, hay un adulto que le dice que “es un campeón porque no llora”, porque no expresa su emoción. Ese niño empieza a tener todos los códigos emocionales trastocados. Y la próxima vez, va a dudar de su percepción y va a buscar una conducta que es mejor aceptada por el adulto, negando así su emoción y reprimiendo lo que le está pasando.
Como adultos deberíamos de tener mucho cuidado con este tipo de mensajes tan contradictorios y dañinos. El niño tiene derecho a sentir la emoción que sea, no existen emociones negativas o positivas, pero sí cómodas o incómodas, pero todas son legítimas, válidas y partes fundamentales de la naturaleza humana. Con experiencias como estas es que llegamos a ser adultos sin entender lo que nos pasa, con años de haber negado y reprimido emociones desagradables; y esas emociones se han encapsulado o enquistado en el cuerpo, y luego nos enfermamos.
Así de importante es la congruencia a la hora de educar. La invitación es poder llegar a sentir, pensar y hacer de forma coherente, consciente; brindándole a nuestros hijos un espacio seguro para poder expresar sus emociones, sin miedo a ser juzgados. Las emociones son “pasajeras”, si les hacemos espacio, las dejamos entrar, y las expresamos, se van a retirar naturalmente.
La razón por la que no dejamos llorar a los niños y a los adultos, es porque quien lo observa no tiene sus bases fundamentales establecidas, no se siente cómodo con las emociones y entonces las quiere evitar; y en lugar de mirar para adentro y ver qué ocurre con ellas, lo que hace es interferir en lo que está viviendo el niño, y cortar de raíz la emoción incómoda.
Como adultos no queremos sentir, porque es una tarea muy pesada empezar a mirar adentro, entonces es más fácil intervenir y frenar la emoción del niño.
Empecemos como padres a mirar hacia adentro para encontrar las incongruencias, a buscar los mensajes que nos decían nuestros padres, maestros o los adultos que nos rodeaban, para ponernos en paz con esa parte; y desde ahí empezar a construir una paternidad más consciente, respetuosa y responsable. Cuando sanamos eso, deja de doler afuera. Cuando nos sentimos en paz y confiados, es más fácil entender y mirar a nuestros hijos desde el amor. |

Lic. Patricia Zubizarreta Canillas
Psicóloga Clínica