Hernia hiatal y ...

... reflujo gastroesofágico - Prof. Dr. José Marín Massolo – Cirujano General y Laparoscopista - Tel.: 232-644 / (0994) 258-800 »

Se denomina reflujo gastroesofágico al ascenso de contenido gástrico (de gran acidez y altamente corrosivo) al esófago, debido a una insuficiencia de la barrera mecánica que existe en las personas sanas entre el estómago y el esófago. Este contacto del ácido del estómago con la mucosa del esófago, que inclusive frecuentemente llega hasta la laringe y las vías respiratorias superiores, produce una inflamación química de estos órganos (esofagitis, laringitis), habitualmente en forma repetitiva y progresiva. La causa más común del reflujo es la hernia hiatal (nombre con el que comúnmente también se la conoce).

La hernia hiatal es un defecto físico progresivo de la anatomía de la zona de transición del esófago a través del diafragma (hiato diafragmático) y tiene como consecuencia el ascenso de una parte del estómago al tórax a través del diafragma.

Ambas patologías cursan, ya sea sin síntomas o más frecuentemente con síntomas de “acidez” (pirosis). Esta es una sensación de ardor quemante, referida habitualmente a la zona de la “boca del estómago” (epigastrio) o en la parte media del pecho (retroesternal), pudiendo llegar a confundirse con un dolor de origen coronario (cardíaco). Al cabo de cierto tiempo se vuelve cada vez más frecuente, habitualmente en los períodos de sueño. Un gran porcentaje de dichos pacientes presentan además síntomas respiratorios producidos por la aspiración de contenido gástrico regurgitado, que pasa a las vías respiratorias durante el sueño a raíz de la posición horizontal, pudiendo contribuir a mantener o empeorar un síndrome de laringitis crónica (ronquera), bronquitis crónica y asma bronquial.

Por último, puede producirse una complicación muy grave denominada esófago de Barret, al modificar definitivamente el tipo de células que cubren la mucosa esofágica, y que es considerada como una enfermedad precancerosa, de muy difícil control y tratamiento, y de muy mal pronóstico. El tratamiento de esta afección debe realizarse antes de llegar a esta etapa para poder tener mejores posibilidades de éxito.

El diagnóstico de esta enfermedad se realiza a través de una endoscopía superior, requiere realizar biopsias y descartar la coexistencia con otras afecciones (gastritis, infección por Helicobacter, duodenitis por giardias, etc.).

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El tratamiento es habitualmente, en los casos leves y moderados, médico-dietético (bajar de peso, posición al dormir, antiácidos, evitar los esfuerzos después de comer, evitar los alimentos irritantes, etc.), pero cuando el mismo no resulta, está indicado el tratamiento quirúrgico, destinado a la corrección del defecto. Si esto no es controlado, médica o quirúrgicamente, a la larga puede llevar a complicaciones graves como úlcera del esófago, esófago de Barret (precanceroso), hemorragias y estrechez/acortamiento del esófago (estenosis) que impide a la persona tragar los alimentos sólidos y posteriormente los líquidos.

El tratamiento quirúrgico actual de dicha enfermedad se realiza por laparoscopía, constituyéndose (por su característica de mínima agresión al paciente) como el método ideal. Dicho tratamiento reconstruye las barreras naturales que evitan que el ácido del estómago ascienda y dañe al esófago y las vías respiratorias. Requiere 24 a 48 horas de internación y la restitución laboral habitualmente se logra a la semana.

El tratamiento quirúrgico-laparoscópico de esta afección es mucho más frecuente actualmente y es considerado de elección. Se han desarrollado varias técnicas en la cirugía convencional y las de mejor resultado han sido adaptadas a la cirugía laparoscópica, cuya ventaja es innegable.

Consiste en reducir el orificio diafragmático por donde pasa el esófago (hiato), volver el estómago a su posición normal (abdominal) y crear con el propio estómago una “válvula neumática” alrededor del esófago para evitar que en el esfuerzo el contenido gástrico ascienda al esófago.

El tratamiento adecuado en el momento apropiado puede evitar el desarrollo de la enfermedad de Barret, que por constituir un proceso preneoplásico requiere un control y seguimiento de por vida. Se considera que una enfermedad de Barret instalada, a pesar del tratamiento quirúrgico, no retrocede. Por lo que es muy importante el diagnóstico y tratamiento adecuado antes de llegar a este estado.

Una consulta y tratamiento a tiempo, puede evitar muchos problemas en el futuro.

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